Huele a verde, a lluvia que apenas viene dando vuelta a la esquina.
Ha pasado un día más.
No sé cómo haces para, mientras te recuerdo, olvidarme.
Quizá sea que la sintonía que mantuvimos por largo tiempo se llenó de vicios.
Yo, maniática de las palabras de los demás, nunca supe ordenar las que estaba pensando,
y buscaba sinónimos inconscientemente, que no lograban reflejar la realidad de las cosas.
Esa es tu herencia, a eso me atuve cuando te conocí.
Collage de emociones comprimidas.
¿Cómo haces? ¿Cómo puedes llevarlo todo al hombro y viajar tan ligero?
Partiste un día, después del café frío, a la par de la golondrina.
Detrás tuyo salieron las sonrisas, el calor de las sábanas, el brillo en los ojos.
Supe que partirías desde el primer día y persistí.
No creí que a esta evolución le pertenecerían mis letras y un par de días soleados.
Los tuve guardados en un rincón, para olvidarlos un poco. Habían canciones, lunas conmutadoras, fotografías de un hombre y una mujer que, a juzgar por la sonrisa, eran felices.
Tuve la impresión de que aquella era mi vida.
Quiero probar a qué sabe reinventarse, estar parado justo enmedio de uno, con la posibilidad de caminar hacia adelante o hacia atrás.
He intentado poner nombre a mis pasos, llamarme de mil maneras,
atendiendo a aquel poema que tanto disfrutamos.
Hago las cosas en función de dos, de nosotros dos.
De alguna manera, sé también que lo que haces tiene por lo menos mi tacto.
Debes andar en una ciudad llena de gente.
Apuesto a que recorres sus calles cuando el sol apenas se levanta,
cuando la noche no ha sido suficiente para terminar de sanar.
Consigues un poco de café y un par de cigarrillos, que fumas con serenidad en la plaza central.
Piensas en algo, no acostumbras a dejar la mente vagar. Sueñas despierto, eso sí.
Imagino los murmullos de las viejas cuando te ven pasar. Que si no tienes buen aspecto, que si los forasteros siempre traen mala suerte, un pasado acusador y no sé cuántos muertos encima.
Como siempre, finges no darte cuenta.
Sé que sabes que te sé.
Y cuanto más lo sabes, más te alejas.
Cuando cae la noche, suelo pensar 'estoy en casa'.
Pero esta casa no tiene las dos recámaras, ni la estancia para departir con los amigos.
Sin embargo, aún huele a romero y las ramitas del sauce se mecen nostálgicas con el viento de la tarde. Al jardín dedico la lozanía de mi rostro cuando amanece sereno después de llorar.
No he querido mover las cosas de su lugar, porque sé que alguna vez se te terminarán las ciudades por visitar y volverás.
No sé si sea la misma entonces.
Tu escafandra está al lado izquierdo del guardarropa.
Abre bien los ojos y aviéntate a mi abismo.